"Uno vaya a donde vaya lleva sus problemas en el morral".

Alfredo Molano. Escritor, investigador y sociólogo, dice que ha tenido muchos closets compartidos y dos matrimonios con hijos. Y fue el deseo de estar con los pequeños quien lo animó al regreso.

"Recuerdo con claridad qué empaqué. Quién me ayudó a hacerlo y cómo llegué al Aeropuerto. También la sensación cuando el avión tomó altura. Recuerdo que siempre se alimentó la idea de volver... Del exilio me quedó la decisión de nunca regresar a experimentarlo, a pesar de que desde el punto de vista personal y económico yo no tuve grandísimos problemas".

Así relata el columnista, escritor, investigador y sociólogo Alfredo Molano su decisión de no volver a saborear "la amargura" de ver al país desde afuera. "Uno vaya a donde vaya lleva sus problemas en el morral. El cambio del sitio donde uno vive no resuelve absolutamente nada de los problemas que uno tiene", comenta el columnista de El Espectador, quien se asentó de forma definitiva en Bogotá luego de cinco años de permanecer en el exilio -en Barcelona (España) y San Francisco (Estados Unidos)-, por amenazas de muerte que recibió de supuestos integrantes de las autodefensas.

Luego de 10 libros y centenares de artículos sobre la Colombia pobre, en la guerra, la de la coca, las trochas y los fusiles, la del rebusque, Molano vivió a la fuerza en el exterior y en su boca está un "no" rotundo a cualquier vida por fuera del país en contra de su voluntad. Por eso, considera, no puede dejar de sentir "ese olor a bus" que tiene el país que él ha recorrido. O el de los ríos y selvas que se le quedaron pegados en las suelas de sus tenis.

"Llevar muchas cosas es ir dispuesto a quedarse. Pocas, es querer volver. Llevé poquitas", explica mientras se interroga sobre por qué el miedo obliga al destierro: ¿Las amenazas son objetivas o subjetivas? ¿Hasta dónde son una cosa que uno se inventa? ¿Hasta dónde son producto de autoelogio? ¿Son porque soy muy perseguido, porque estoy haciendo cosas muy importantes? ¿Hasta dónde esto era cierto? ¿Cómo pruebo que realmente las amenazas son peligrosas? La prueba era muy complicada:que me pegaran un tiro o que no. Me atormentó muchísimo esa duda", advierte mientras se acomoda su bigote del que sólo se desprendió hace unos meses para posar en una revista. De resto, explica, no cambia su look: tenis sin medias, cabello desaliñado y una mochila.

"El primer día de exilio llegué a un apartamento. Cerré la puerta y el país quedó allá. ¿Dónde acomodo las cosas, en qué orden, las saco de la maleta o las dejo dentro de ella para regresar pronto? ¿Hasta dónde compro cosas nuevas...? Eso significa echar raíces y yo no quería. Finalmente el tiempo fue pasando y fui comprando con mucha timidez cosas".

Alfredo Molano dice que ha tenido muchos closets compartidos y dos matrimonios con hijos. Y fue el deseo de estar con los pequeños el que lo animó al regreso. También el querer contar el país desde adentro. La decisión la tomó al final de 2003.

"Me fui para México y escribí un libro que se acaba de publicar: Espaldas mojadas, sobre la frontera y los dramas migratorios, tráfico de drogas y maquilas en esos dos países".

Alfredo Molano rememora períodos de soledad y tristeza y la escritura como refugio. "Fue mi arma para enfrentar ese relativo marginamiento. Es el vínculo con el país. Yo no dejé de escribir durante ningún minuto. Tuve a través de la pluma una sintonía permanente con todo lo que está sucediendo. A veces pienso que estaba mejor informado allá que lo que estaba aquí. La gran diferencia es que en Colombia uno tiene un sabor distinto y no me pregunte cuál".

Contra mordazas

Molano, a través de su columna y de otros escritos, comenta que no está dispuesto a ninguna mordaza y por fortuna puede opinar sobre el país sin que le cambien "un punto o una coma" de sus artículos. "Nunca me he quejado de la falta de expresión. Lo que yo veo es que uno con campesinos, con obreros, con desplazados, no tiene la misma libertad de preguntar porque la gente no tiene la misma libertad de contestar. Lo veo limitado desde ahí. Pero no mi escritura".

Y la soledad, expresa, lo animó a escribir sobre la faceta más difícil: "Mi escritura política ha ido buscando nuevos temas: viajes hacia adentro de mí, sensaciones internas que me parecen muy atractivas. Yo sé viajar de aquí a los Llanos Orientales, a Urabá, al Pacífico. Pero no sé viajar adentro de mí. Ahí hay unos temas inesperados, unas dificultades que uno no conoce, uno es rutinario dentro de sí mismo y romper esas rutinas cuesta trabajo. Requiere creatividad y siempre tiene un costo muy alto".

Lamenta no ser optimista con el futuro del país: "No puedo ser optimista hoy. Veo que ciertos sectores sociales, populares y la misma clase media están en dificultades económicas muy graves: la clase media, asfixiada por las deudas; la clase obrera por el desempleo y los bajos recursos; clases altas y élites cada vez más poderosas y desinteresadas por el conjunto del país", precisa.

"Tengo la sensación de que yo trato de abrir brechas, de desestabilizar esas imágenes que sobre el país dan los medios de comunicación. No peleo contra el establecimiento sino contra las imágenes que el establecimiento emite sobre el país. Me parece que hay unas falsificaciones acomodaticias a sus propios intereses. Ahí es donde tengo el problema".

Advierte que regresó a Colombia con todas las consecuencias que implica escribir la verdad: "Desde el capital, el país que se ve desde afuera es el de las oportunidades de inversión y eso implica un respaldo y unas garantías de seguridad. Ese es el que ven los inversionistas y en ese sentido tiene éxito la imagen de Álvaro Uribe. Otros ven el país como el infierno de la arbitrariedad. Las Ong de derechos humanos, las ambientalistas, por ejemplo, lo ven como un nido, como un caos de atropello".

Desde adentro, dice, las cosas no están bien: "Tengo una visión pesimista del país a corto plazo. Pero tengo esperanza de que las fuerzas democráticas se reactiven y permitan enfrentar esos retos con un cierto éxito. La Colombia que yo vi en travesías y que he recorrido en los libros está cada vez más reprimida. Hoy, esa libertad de moverme que tenía en los años 80 y 90 está restringida. No me puedo mover con la misma libertad ni puedo preguntar con la misma libertad ni me pueden responder con la misma libertad de hace algunos años. Eso está hablando de un sistema político, eso está hablando de una represión social que está llegando cada vez más a las ciudades".

El exilio quedó atrás para Molano quien a pesar de condenarlo, reconoce que le sirvió: "Se entienden mejor algunas circunstancias, se comprende mejor la relación internacional del país y, en consecuencia, se sufre más".

Fragmentos

"La primera sensación del exilio la tuve en Barcelona cuando cerré la puerta del apartamento donde iba a vivir. Sentí el golpe como un rompimiento que tenía que afrontar, una especie de desmembramiento brutal donde nació un silencio largo, espeso, un silencio negro que nunca, durante los cinco años que estuve en el exilio, pude arrinconar, y mucho menos liquidar.

Los primeros pasos los di como un animal enjaulado y no quise salir del apartamento hasta unos días después. Lo hice con miedo, y sólo para mirar alrededor del lugar donde vivía. Me daba miedo alejarme del sitio que ya comenzaba a colonizar, donde tenía mi cama, mi ropa, mis zapatos.

Sentía que más allá de unas pocas cuadras caía en un mare ignotum; sentía como si una muralla me impidiera ir muy lejos. Sólo unos días después, cuando ya sabía dónde estaban el mercado, la lavandería, el bar, dónde vendían el periódico, me atreví a salir de ese primer círculo y pasear por las Ramblas, sentarme en un café, coger un bus, montar en metro. Quizás pude comenzar a conocer ese nuevo mundo cuando quise escribir sobre él para mis amigos (...) La sensación de aislamiento, la sensación de que nuestra tragedia tenía una importancia marginal contrastaba con la angustia que me producían las noticias sobre la derechización del país, su tentación fascista. Sentirme en la entraña del monstruo sin que nuestra tragedia le hiciera siquiera cosquillas, me resultaba desmoralizante".

Tomado de Revista Número (41):
Un silencio Negro, por Alfredo Molano.